El siglo XVII abría sus ojos en las indias españolas, donde el opulento Virreinato del Perú se encumbraba en la cima de los reinos de la corte ibérica, destacando por sus riquezas, palacios, templos y nobles tanto españoles como Incas.
Gobernaba esta parte del mundo Don Juan de Mendoza y Luna, III Marqués de Montesclaros, dirigiendo con mano de hierro la caja fiscal perulera, a la vez que construía puentes, alamedas y luchaba contra la codicia de las órdenes religiosas.
En ese contexto la Divina providencia bendice su gestión con el descubrimiento de la mina de Santa Barbara de Huancavelica, la más grande productora de azogue de toda América.
Es una época de sincretismo, de fe, de santos, beatas y milagreros. Un tiempo donde la religiosidad llegaba a la cúspide cuando el Redentor nos hecho la bendición con la presencia de Rosa de Lima, Martín de Porres y Toribio de Melgarejo.
¿Pero por nuestros lares? ¿Dios acaso nos marginó de Santos y beatos? Pues no, el Señor que andaba de dadivoso con la fe en el nuevo mundo, nos dio un regalito del que voy a narrar este día.
A cuarenta leguas al sur de Los Reyes, en el villorrio de Pisco vivía la familia Soto Carbajal, Juan el marido y doña María, la esposa. El hogar muy humilde y devoto, fue bendecido por nada más y nada menos que treinta y cinco vástagos (¿qué? ¿treinta y cinco? ¡pobre mujer! No descansaba ni para comer y vaya con el Soto, hombre bien trabajador). Entre aquellos hijos, en el año 1614 les nació un niño al que llamaron Francisco.
Dios había puesto sus ojos en aquel ser, pues se cuenta que, desde antes de nacer, sus padres podían oír su llanto en el vientre materno. Cuentan las lenguas virreinales, que Francisco nació muerto causando el dolor desgarrado de su madre y la tristeza de su padre. Sin embargo y como era costumbre de la época, para que el niño no fuera sepultado “moro”, llevaron el cadáver al bautisterio para que se procediera al sacramento post mortem.
Allí se produjo el primer milagro, ni bien le cayó el agua bendita en la frente y se pronunció su nombre, el niño abrió los ojos fijando la mirada en su padre para luego tomarlo de la mano en señal de amor y agradecimiento. Ya se imaginarán el estupor y la algarabía, así como la profecía de labios del sacerdote Don Pedro de Vargas Machuca “Dios va a realizar portentos con este niño.”
Pocos meses después, la gloria volvió a manifestarse, pues con apenas diez meses de edad, escapó el infante de su casa siendo encontrado de rodillas en la Iglesia del pueblo, frente al Sagrario, adorando a la Hostia Consagrada, acto que repitió cada vez que pudo hasta los dos años y medio ante la admiración de quienes lo encontraban balbuceando sonidos que parecían cantos angelicales.
Al poco tiempo, Don Juan, mudose con su familia a Los Reyes muy cerca al Monasterio de Santa Clara. Francisco de apenas dos años continuaba con costumbre de asistir a misa infatigablemente dos o tres veces al día plantándose en el Altar sin que nada ni nadie pudiese moverlo de allí. Incluso se contaba que, en una ocasión, su padre lo mando llamar con un esclavo, y por más que el negro intentó levantarlo, parecía clavado al piso hasta que terminó sus oraciones y en silencio partió rumbo a casa.
En otra ocasión mientras el sacerdote elevaba la hostia para su consagración, Francisco empezó a levitar ante la mirada atónita de los fieles que asombrados observaban la escena. Francisco movía sus manitas como jugando con alguien y al consultarlo respondió que cientos de ángeles inundaban el santuario y decidieron acercarlo a ellos.
Fue querido por frailes y abadesas que veían en él la imagen de un niño santo, incluso todas sus conversaciones eran sobre Dios y otras veces con Dios. Se cuenta que Bartolomé Lobo Guerrero, Arzobispo de Los Reyes, rendía tal afecto por Francisco que gustaba de largas charlas con el niño en las que Francisco jamás dejaba de mirar hacia la Iglesia deseando partir para dedicarse a lo que más amaba: oír misa.
En una ocasión mientras Francisco se dirigía a la iglesia, un grupo de malhechores se cruzó en su camino y al verlo con aquel rostro divino, volvieron sus pasos incapaces de cometer delito alguno y enmendando su vida para siempre. Este hecho fue tan comentado causando admiración y respeto entre los vecinos que veían en nuestro niño un portento Divino, un don de Dios a la humanidad.
Contaban sus padres que muchas noches descubrieron a Francisco cargando una cruz alrededor de su humilde vivienda en acto de contrición para mortificar el cuerpo a semejanza de Cristo crucificado. Fue precisamente durante aquellas noches, que el maligno, envidiando la fe del pequeño y para atormentarlo que lo arrojó a la cama y al suelo, oyéndose apenas escapar de sus tiernos labios el nombre bendito del Salvador y acto seguido todo volvía a la calma.
En una ocasión y con mucho esfuerzo, Don Juan Soto compró un par de sandalias para Francisco las cuales se le cayeron al atravesar el Río Santa Clara. Al ver el rostro compungido de su padre comprendiendo lo difícil que sería reponerlo, mandó Francisco a las aguas detener su tránsito, secándose inmediatamente hasta que fueron halladas en el lecho y rescatadas para luego volver el río a su caudal natural.
El 4 de octubre de 1618, Francisco tuvo una visión en la que observó el cielo abierto y en su trono al Todopoderoso que lo llamaba con sonrisa afable. El niño contó a su padre tal suceso, comprendiendo el hombre que el tiempo se había acabado y dio su consentimiento para que partiese al hogar celestial. Francisco abrazando a su padre dijo: “dame un último abrazo que parto rumbo al cielo”. Minutos después expiró el santo niño contando con apenas cuatro años y tres meses.
El pueblo de Los Reyes, autoridades eclesiásticas, civiles e incluso el nuevo Virrey se volcaron a las calles al enterarse de la noticia y acompañando el féretro fue llevado rumbo al convento de Santa Catalina donde permaneció expuesto por varios días para ser venerado por los fieles quienes hurtaban fragmentos del hábito que vestía dejándolo desnudo en varias ocasiones volviéndolo a vestir las monjas en otras tantas. Se contaba incluso que flores y hasta panes fueron llevados para tocar su cuerpo, los que luego fueron repartidos por los hospitales haciendo prodigios y otorgando sanidad a cuanto enfermo se pudo hacer de alguno de ellos.
A los once meses de su muerte, el Dr. Salinas , Provisor del Arzobispado de Lima, pidió como su último deseo ser sepultado en la misma tumba que Francisco en la Iglesia Matriz de Lima y en cumplimiento de su última voluntad fue exhumado el cuerpo hallándosele incorrupto por lo que fue trasladado hacia el convento de Santa Catalina para ser sepultado allí. Don Juan y su familia habían vuelto a Pisco y a la misma hora del traslado del cuerpo de su niño, observaron en el cielo a Francisco rodeado de una hermosa luz que permaneció brillante por espacio de varios minutos.
¿Qué qué fue de aquel niño divino? El tiempo y el agnosticismo hicieron presa de su recuerdo y hoy no queda más que esta historia que pude rescatar del olvido.
un agradecimiento especial al Profesor Oscar Calmet por el articulo.