LA PROCESIÓN DE LOS BORRACHITOS
Fiesta Religiosa en Pisco
La procesión <<De los borrachitos>>> se iniciaba antiguamente a las 05.30 de la madrugada del domingo de Resurrección. La misa respectiva se realizaba a las 04.00 de la mañana, y anteriormente se había realizado la Misa de Resurrección o de Gallo a las 00.00 horas, que terminaba con homilía y cánticos, aproximadamente a las 02.00 horas. Como se puede apreciar, había un lapso de dos horas, en que los devotos y fieles, sobre todos los hombres, en vez de ir a sus casas, se quedaban en la Plaza de Armas de Pisco. Refiere la tradición que esta costumbre viene desde la época de la colonia, sobre todo, desde que se empezó a producir <<aguardiente de uva» que después tomaría el nombre de «pisco».
Fue de esa manera, como los señorones de esa época, llámense encomenderos, hacendados, grandes comerciantes del Puerto de Pisco, autoridades, militares, terratenientes, hacendados, etc. «tomaban calor>> bajo el efluvio de copas y botellas de «pisco»>, siendo el preferido el de Montesierpe (hacienda ubicada en el distrito de Humay, famosa por su producción de piscos); bajo el pretexto de celebrar y compartir la alegría de la resurrección de Cristo, nuestro Señor.
Bajo esa excusa, daban rienda suelta a cuanto chisme, chiste, anécdota o suceso había acontecido y se habían contenido de contar por la característica de duelo general que se guardaba en los días anteriores, convirtiéndose la Plaza de Armas de Pisco, en un verdadero jolgorio de tertulias y conversaciones.
Si a ello agregamos la presencia marginal de los negros, que por los días de Semana Santa, los patrones les daban día libre, ellos vestidos con sus mejores trajes guardando la distancia respetuosamente, también participaban en esas libaciones en una forma exagerada. Justamente, la presencia de los negros, iba a ser decisiva para la preservación de esta fiesta religiosa.
Terminado el período de descanso, asistían todos a la misa de las cuatro y una vez concluida daba inicio a la procesión. ¿Pero, qué sucedía?. Por los mismos efectos de las libaciones y de haber ingerido pisco, los cargado- res no tenían la solidez y consistencia respectiva al momento de cargar las andas, tanto de la Virgen María como de San Juan; ambas imágenes se <<ladeaban» por los altibajos y la embriaguez de los cargadores, dando la impresión de ir tambaleándose, como si en cualquier instante pudieran caerse, al ver ese juego de genuflexiones, vaivenes y tamboleos de las imágenes, el pueblo la bautizaría como «<La procesión de los borrachitos>>.
Ambas imágenes salen del Templo de San Clemente, siendo la primera en salir, la Virgen María, que acompañada única y exclusivamente por mujeres, se dirige al lado norte, tomando por el local municipal (conocido antiguamente como el Atrio de la Iglesia de la Compañía hasta 1930 en que se construyera el Municipio), en medio de cánticos alusivos a la Virgen y salves, toma la calle San Francisco, primera cuadra (lado norte de la plaza) hasta descansar en lo que es el actual edificio de la Mutual Ica, donde estuviera la casa de la famosa Martha la Centinela, heroína pisqueña de la Revolución del «Califa» don Nicolás de Piérola y en la que todavía existía una de las más grandes huacas de Pisco.
La imagen de San Juan, con su mirada al cielo, sale posteriormente dirigiéndose por la actual calle Pérez Figuerola, llamada antiguamente Malambito, por vivir en esa calle, morenos descendientes de Africanos. San Juan es acompañado por los hombres, incluyendo a la Banda de Músicos y el Sacerdote, llegando hasta la esquina de los balcones (llamada así por la existencia de los balcones de los señores Miranda, que hasta ahora se conservan). Es ahí donde ambas imágenes quedan frente a frente, en un breve reposo.
Como se ha manifestado, desde los años de la colonia acostumbraban, o bien los Señores del Valle y Hacendados, a cargar las andas en el último tramo, o sinó los negros criados de los mismos; pero, tanto unos como otros,hermanados por el consumo de licor, hacían tambalear las imágenes, embriagados como estaban, es decir, <<una procesión de borrachitos».
En ese juego involuntario de quiebres, a ambas imágenes se les iban cayendo muchas prendas de vestir, las sobrepellices, capas, mantos, lo que causaban la risa general.
Para evitar se confundiesen estos actos como mofas o burlas a la fé católica, se difundió la versión que al resucitar Cristo, encontrando la tumba vacía San Juan y la Virgen corrieron a dar la noticia y en esa «carrera», también se les había caído algunas prendas.
Esta especie de auto sacramental la conservan los morenos del Barrio de la Alameda (al norte de la ciudad) específicamente del sector de el Pacurí, quienes gracias a su fortaleza y consistencia física, colocan las andas sobre sus hombros, y hacen que las imágenes se «saluden», recayendo el mayor peso en los cargadores que van delante realizando diversas genuflexiones.
Mientras más movimientos hagan las imágenes, inclinándose, ladeándose y reverenciándose más risas origina en la gente que, trepada a los árboles de la Plaza de Armas, techos de las casas vecinas, sardineles y jardines o en el monumento del General San Martín, espera la carrera final.
Son, aproximadamente, cuarenta metros que recorren ambas imágenes haciendo movimientos, en una verdadera competencia de respuestas a cada movimiento; y los restantes metros se inicia <<la carrera» para ver quien llega primero a la Av. San Martín (antiguo camino que comunicaba la colonial Villa de Pisco con el Puerto, actuales Pisco Pueblo y Pisco Playa respectivamente). Una vez reunidos ambas imágenes cruzan la Plaza de Armas, y se dirigen hacía la Iglesia de la Compañía de Jesús, (siempre haciendo esos movimientos) a fin de ser guardados.
El Pacuri nació como un barrio marginal de negros después del Decreto de Libertad don Ramón Castilla. Pues no podían alejarse de sus antiguos patrones, ni podían acercarse a la ciudad.
La expansión urbana anexó al Pacuri dentro de la urbe, y permitió en cierta forma la participación directa de los negros en esta festividad, siendo ellos quienes conservan esta tradición.
Fuente: Revista Instituto Nacional de Cultura Diciembre 1995
Edición fotográfica: Víctor Peña M.






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